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miércoles, 27 de junio de 2012

Capítulo 3

Teníamos que salir de aquel pestilente andurrial, la humedad invadía cada rincón y el olor era insoportable. La oscuridad de aquel lugar parecía que iba a engullirnos algo que no me importaba si no fuera por la suciedad que había allí. Al salir del callejón nos encontramos con una calle poco transitada.

-Debemos adoptar forma humana para pasar desapercibidas entre el resto de los mortales. – Comenté.

Con las pintas que teníamos estaba claro que llamaríamos demasiado la atención, y eso era precisamente lo que debíamos evitar a toda costa.

-Juro por Satanás que tan pronto como pueda me desahogaré matando a algún estúpido humano –Masculló Sheila enfadada.

En un instante mi cuerpo se oscureció convirtiéndose en una fina silueta negra, dejándome con una apariencia de los más engañosa y terrorífica a los ojos de cualquiera. Figuras negras sin ojos, ni boca, ni cualquier otro rasgo del rostro. El aspecto que adquiría aunque fuese tan solo por unos segundos lo odiaba, era horrible para una princesa como yo tener un estado tan horrendo. Por suerte, esos segundos llegaron a su fin y tras ellos vi el cambio de mi cuerpo y el de mis hermanas.
Cuerpos humanos hermosos y perfectos a la vista de cualquier persona, pero débil e insignificante a los ojos de un ser de la Oscuridad.

Al mirar a Freya vi que ahora su cabello era mucho más corto sin lograr sobrepasar los hombros, liso y de color rubio cenizo, nada que ver con su aspecto real. Sus ojos se habían tornado de un verde claro, estos centelleaban como estrellas en la noche.

Sheila tenía el cabello rubio platino, largo y liso. Sus ojos permanecían azules pero habían perdido esa intensidad que tenían en su forma original, ahora eran mucho más claros.

El gran cambio era el de Cora, su blanco y brillante cabello corto se le había vuelto de un negro azabache, también se le había ondulado y creado pequeños rizos en las puntas, los cuales le llegaban a la cintura ya que le había crecido considerablemente. Sus dos ojos como rubíes sangrientos habían pasado a ser de un gris pálido, que transmitían frío y se veían vacíos.

Al mirarme en el escaparate de una tienda observé como detenimiento mi aspecto en humana. Yo también había cambiado drásticamente.

Mi cabello cenizo se había tornado negro, y ondulado levemente en las puntas. Y ya no me llegaba hasta la cintura sino que se quedaba a medio camino. El tono de mis ojos se había aclarado hasta volverse de un azul tan vivo como el mar. Al mirarme daba la sensación de que dentro de ellos se encontraba el mar prisionero y podías perderte entre las olas.

Cuando presté más atención a mis hermanas y a mí, me percaté de que ahora teníamos una apariencia más joven. Coraline era más pequeña aún, ya no se le echaban sus doce años, si no que parecía una niña de nueve o diez años. Freya aparentaba tener unos catorce años y Sheila doce o trece, no estaba muy segura. Cuando volví a mirarme en el escaparate fue como volver a verme hace un año, es decir, la gente no me echaría más de dieciséis años.
Tenía la seguridad de que podíamos cambiar la edad de nuestro aspecto si se nos antojaba.

-¿Por cierto, dónde encontraremos a ese tal Daylan Cardew? – Preguntó Sheila mientras miraba las puntas de su pelo a la par que hacía una mueca.

-Tranquila, le encontraremos. – Sus ojos me miraron con incomprensión. Realmente mi respuesta no resolvía ninguna duda.

-A no ser que nos encuentre él. – Prosiguió Freya.

A pesar de tener un objetivo en mente, que era encontrar a Daylan, teníamos que saber dónde estábamos. Caminamos por muchas callejuelas estrechas, empedradas y húmedas. Las farolas tenían relieves florales y una base encima de la bombilla la cuál era ocupada por una planta de largos ramajes que caían como una cascada. Nos dimos cuenta de que aquellas calles eran de estilo inglés. Supimos entonces dónde estábamos.

-Inglaterra…  -Murmuró Freya sonriendo. Salimos de la calle a paso rápido y llegamos a una gran avenida repleta de tiendas y abarrotada de gente.

-Si pasamos por ahí, la calle explotará. – comentó Cora. – Hay demasiada gente, no le encontraremos.

El silencio que se originó entre nosotras no se apreciaba con el bullicio de la ciudad. Mientras tanto, Sheila se miraba las puntas del pelo sin acostumbrarse a su nuevo aspecto. Freya sin embargo parecía un poco más entusiasmada.

-No entiendo a qué viene tanta ilusión, es una ciudad humana y la nuestra nos necesita. – Tras esas duras palabras de Sheila nos paramos en seco.

-¿No puedes sonreír ni un segundo siquiera? – La voz de Freya sonaba apagada y triste.

-No, Sheila tiene razón. –Dije.

Por muy bonita que fuese Londres, nuestro reino corría un grave peligro, no era momento de alegrías y risas. Freya enmudeció ante mi afirmación, agachó la cabeza y el silencio volvió a inundar el espacio entre nosotras.
Cora señaló con la mano que continuásemos. Nadie volvió a hablar desde entonces, hasta después de varios minutos.
Aquello parecía un laberinto, aunque no estábamos acostumbradas al ruido del tráfico, ni de cientos de personas hablando al mismo son, por lo que nos pareció bastante molesto. El cielo estaba encapotado y nuboso, y a pesar de no haber llovido esa tarde, la humedad se sentía tanto que casi se podría coger con una mano.

Tras caminar durante un silencioso e incómodo rato, encontramos una cafetería escondida entre las callejuelas y entramos enseguida. Entramos en el local, y al instante nos percatamos del olor a leña de una chimenea de piedra. De las paredes colgaban cuadros de verdes paisajes y acantilados, mientras que el aroma a café recién hecho reinaba en el ambiente. Decidimos sentarnos en una mesa situada en una esquina del local apartadas lo mayor posible del resto de la gente, donde los asientos color canela estaban unidos en uno y acolchados.

Sheila levantó una mano para indicar al camarero que se acercase a tomar nota, y como siempre, su paciencia no duró, y empezó a enfadarse debido a la tardanza del empleado. La paciencia de una princesa que ha recibido de todo y siempre tiene lo que quiere no suele ser aguantable. Finalmente el camarero vino apresurado, pues había un poco de cola en la barra. Era un joven alto y delgado de pelo corto y negro como el carbón. Su flequillo despeinado intentaba ocultar en un intento fallido sus ojos de color miel. A pesar de la pinta que llevaba, estaba segura de que atraía las miradas de todas las jóvenes, no era para nada feo, todo lo contrario.
Se notaba que el muchacho era novato, y cómo no, Sheila planeó burlarse de él, se le notaba en su mirada, mientras que los ojos de Cora prestaban toda su atención al cuadro que tenía al lado de su cabeza en el que aparecía la imagen del “Brighton Pier”, es decir, el muelle de Brighton. Los verdosos ojos de Freya estaban pensativos, seguramente decidiendo qué iba a pedir. Los míos, en cambio, observaban a Sheila con la curiosidad de saber qué tenía en mente.

-¿Habéis pensado que vais a tomar? – Preguntó el joven.

-A mí me gustaría tomar un té inglés. –Respondió Freya.

-Yo quisiera lo mismo, gracias. – Anuncié a la vez que miraba la pequeña libreta en la que escribía los pedidos.

-Nosotras un chocolate caliente. – Dijo Cora mirando a Sheila y sonriendo a la misma vez.

-Bien, entonces dos tés ingleses y dos chocolates calientes. ¿Algo más? – Sheila cuchicheó algo al oído de Cora y ambas rieron.

-No, nada más. – Terminé aquella conversación y en cuanto él se alejó, clavé mi mirada hacia las dos que se burlaban del camarero. - ¿Se puede saber qué estáis planeando vosotras dos?

-Y, ¿Qué es lo que tramas, Sheila? – Freya también se había dado cuenta de la cara de pícara que había puesto.

-Ya lo veréis. - Cora sonrió aguantando la risa que crecía a medida que susurraban. 

Aquello no pintaba bien para el camarero.
Estuvimos esperando durante ocho largos minutos a que llegasen nuestros pedidos, y finalmente, cuando vimos que la cola se iba esparciendo apareció nuestro camarero con cuatro tazas humeantes en una bandeja. Las colocó sobre la mesa y las risas de las dos más jóvenes de entre nosotras aumentaron más que antes.

Cuando el chico iba a alejarse, Sheila alargó la pierna y le hizo la zancadilla. El chico cayó sobre la mesa de otros clientes, tirando a la vez varios cafés al suelo y volcando el mueble. Él se mojó de las ardientes bebidas y gritó a causa de las quemaduras.

No lo pensé ni un segundo. Agarré a mis hermanas y salimos corriendo de allí. Freya llevaba en las manos las dos tazas de té inglés, mientras que los chocolates calientes se habían quedado allí. Sheila y Cora reían a carcajadas mientras corríamos a toda prisa. Cuando llegamos a un callejón, le di un empujón a Sheila.

-¿¡Pero qué has hecho!? ¿¡Estás mal de la cabeza!?

-Gracias a ti vamos a tener problemas en el mundo de los mortales. – Comentó Freya con calma mientras tomaba su té.

-¿No queríais que me riese? ¡Pues ya está, me he reído!

-Una cosa es reírse de algo gracioso y otra muy distinta es llamar la atención pudiendo provocar que nos encuentren quienes no deben . – Me enfadé mucho con ella, por su culpa podríamos tener muchas complicaciones con los mortales aunque eso no tenía mucha importancia, no solo había demonios en este mundo si no ángeles y otros tipos de seres. – No hagas nada más. Como se te ocurra hacer una de tus bromas pesadas te aseguro que no volverás a ver tu cristal nunca más. –La amenacé.

Sheila miró hacia otro lado intentando olvidar mis palabras.

-¡Te dije que ya tendrás tiempo de matar y torturar a alguien cuando encontremos a ese estúpido demonio y tengamos un lugar para dormir!

-Será mejor que sigamos. – Cortó Freya la conversación tirando su taza vacía al suelo rompiéndola.

Desde entonces Cora y Sheila no volvieron a hablar en todo el camino.
Ya había anochecido por completo. Nos acercamos a un pequeño parque vacío y nos sentamos en un banco a descansar unos minutos. El suelo era de piedra y en medio había una fuente bastante grande con el agua toda sucia.
Después de unos minutos oímos un ruido y todas nos alertamos. Al otro lado de la gran fuente de piedra apareció la figura de un hombre. Ninguna de nosotras logró distinguir su rostro, pero entonces vimos que se estaba acercando a nosotras. Me sorprendí al ver que era el camarero.

-¡Tú! –dijo señalando a Sheila. – Te has metido en un buen lío.

-No me digas. – Contestó ella en tono irónico.

De pronto, los ojos del joven centellearon en un tono rojizo y volvieron a su color inicial. Ese efecto no era normal en los humanos. Todas nos alarmamos pues podía ser cual quiera ser con malas intenciones. Me levanté y di un paso adelante.

-¿Quién eres? –Pregunté frunciendo el ceño.

-¡A ti eso no te importa! –Estiró su brazo en dirección a Sheila- Esa estúpida niñata va a aprender a no molestar a quien no debe.

Aquel ser extraño corrió vertiginosamente hacia Sheila y la agarró con fuerza por el cuello, mientras ésta lo sujetaba por la muñeca intentando zafarse de él.
Ese chico definitivamente no era humano, a penas había podido verlo correr hacia mi hermana.

-¡Suéltala! –Gritó Cora colérica.

Coraline quiso correr hacia ellos pero yo se lo impedí.

-Sabe defenderse sola –Le susurré.

Al joven volvieron a centellearle los ojos y esbozó una gran sonrisa macabra.

-Ya te tengo, estúpida mocosa. –Dijo soberbio a la par que apretaba con más fuerza el cuello de Sheila.

Sin embargo, mi hermana permaneció inmóvil y mirándolo fijamente.

-Solo eres un ingenuo payaso –Respondió ella con calma.

Al chico se le borró la sonrisa inmediatamente y en su lugar hizo una mueca de dolor. Él se resistía a soltarla, pero la mano con la que la sujetaba le temblaba cada vez más. Le estaba quemando la mano no cabía duda.

-¿Qué eres…? –Balbuceó.

Sheila mantuvo su mirada fija en él y le devolvió la misma sonrisa macabra que él le había dedicado hacía unos instantes.

-Tu peor pesadilla.

Tras haber dicho esas palabras, todas oímos un crujido y seguidamente un grito desgarrador del chico. Mi hermana le había doblado la muñeca hacia atrás hasta partírsela. Lo empujó varios metros atrás de una patada y comenzó a reírse de él, acompañada por las carcajadas de Coraline.

Freya que estaba justo a mi lado, apoyó su mano en mi hombro y me miró con seriedad.
Comprendía su mirada, ella tenía razón. Era mejor matarlo cuanto antes, si huía estaba claro que podía ponernos en peligro. Así que decidí darle el gusto de finalizar aquel asunto a Freya.

-Hazlo -Le dije.

Ella asintió y echó un vistazo a su alrededor hasta que detuvo su mirada en un sauce llorón. Tendió su mano hacia el árbol y las ramas comenzaron a balancearse lentamente. A cada movimiento que realizaban se iban prolongando y avanzando hacia el chico, que seguía en el suelo dolorido.

Cuando las ramas estaban detrás de él, éste se giró y con la furia reflejada en sus ojos echó a correr hacia el lado contrario huyendo de ellas. Corrí tras él junto con Cora, pero Sheila que era mucho más rápida lo alcanzó en el momento y lo tiró al suelo de nuevo con fuerza.

-Di tus últimas palabras –Susurró ella a su oído.

El chico le propinó un rodillazo en el estómago y mi hermana se encogió con un gesto de dolor, él aprovechó y la tiró al suelo agarrándola de nuevo por el cuello y oprimiéndolo con fuerza. Acercó sus labios al oído de mi hermana con una sonrisa burlona.

-No te preocupes, no serás la primera chica a la que mate.

Él se rió mientras que Sheila forcejeaba para soltarse. Pero yo en ese momento entré en cólera al escuchar sus últimas palabras. Ni él ni nadie iba a matar a mi hermana mientras yo estuviese  viva. Ese imbécil había sentenciado su muerte.
Corrí hacia él y le aticé una patada en la cara tirándolo al suelo. Ahora era yo la que lo agarraba del cuello. Le clavé las uñas rasgándole la piel y dejándole visibles arañazos que por supuesto tardarían en desaparecer.

-¡No serás tú el que asesine esta noche! –Le grité.- ¡Te arrancaré la piel a tiras!

-¿Tú también quieres morir? –Preguntó divertido.

Su sentido del humor me ponía histérica. Decidí hablarle sin rodeos, ya que iban a ser sus últimos minutos de vida.

-Ni aunque tuvieras toda la eternidad lograrías matar a una princesa de la Oscuridad. –Le contesté.

Abrió los ojos sorprendido y tragó saliva como pudo bajo la presión de mis manos sobre su garganta.

-Lamento haber intentado haceros daño.

Fruncí el ceño confundida. No terminaba de comprender ese cambio tan repentino de opinión.
Aflojé las manos para que respirase y lo observé con detenimiento. ¿A caso no era un ángel? Aunque viendo su forma de actuar podía tratarse de algún otro ser, sin tener nada en común con la Luz.

-Perdóneme, se lo suplico.

No creo que fuese un ángel, aún sabiendo quien era no me habría suplicado clemencia. Los ángeles eran leales al contrario que los demonios.
Cuando esa última palabra vino a mi mente recapacité sobre mi acción.

-¿Quién eres tú? –Le interrogué.

Él pareció aliviado al ver que le preguntaba sobre él.

-Mi nombre es Daylan Cardew. Soy un demonio, vuestro sirviente y el de Satanás.

Así que él era justo en demonio que andábamos buscando. Habíamos tenido suerte en nuestra búsqueda, ahora ya teníamos un lugar en el que  estar tranquilas, y por supuesto, comenzar a repartir catástrofes por toda la ciudad. Nuestra estancia aquí desde luego iba a ser muy entretenida.
Lo solté del cuello y me levanté.

-¿Dónde vives? –Preguntó Freya.

-A las afueras de la ciudad.

-Espero que seas obediente. –Comentó Coraline divertida.


Daylan sería el encargado de ayudarnos aquí, y dado que él no tenía ni voz ni voto, seguramente no estaría nada a gusto teniendo que cuidar de nosotras. Nuestra vida en la Tierra a penas había comenzado.

domingo, 10 de junio de 2012

Capítulo 2

Yami se acercó a una de las ventanas observando con todo detalle lo que sucedía.

La oscuridad que había en el reino empezaba a ser eclipsada por una luz tenue que envolvía el Infierno lentamente. La niebla negra y densa que se encontraba dispersa por todos lados desaparecía paulatinamente a la par que el reino era consumido por los gritos ensordecedores de los demonios. Era evidente que esa luz los dañaba.
Yami se giró hacia mí aterrada.

-Tenéis que iros.
-¡No! –Grité furiosa.

La diablesa me agarró con fuerza el brazo derecho y me miró fijamente.
Ella tenía miedo de perderlo todo, como yo, no quería desaparecer para siempre.
Entonces comprendí, que debía irme con mis hermanas a un lugar más seguro, y no había uno mejor que el mundo de los humanos. Huir a la Tierra era la mejor opción que teníamos en este momento. Pero no podía abandonar el Infierno, dejándolo a merced de la destrucción.

-No puedo abandonar el reino sin antes frenar su ataque –Repliqué.

-Yo me haré cargo. –Dijo con firmeza Yami.

Solté su mano de mi brazo frunciendo el ceño.

-Yami, buscaré la manera de alejarlos yo sola.

La fuerza con la que hablé me asombró y desconcertó al mismo tiempo. No recordaba haber hablado con tanta seguridad en mi vida.

A cada segundo que se desvanecía en la manecilla del reloj estábamos más cerca de desvanecernos en la nada, junto a la Oscuridad. Pero no iba a perder esta batalla, y menos aún, la guerra. El trono ahora me pertenecía y no iba a permitir que fuese destruido.

La magia negra. Esa era la única forma de frenar a los seres de la Luz.

Eché a correr fuera del salón agarrando a Coraline por la muñeca y tirando de ella para que me siguiese.

-Cora, llama a Sheila y esperad delante de la puerta del gran salón. –Le ordené- ¡Y no pierdas tiempo!

Tras esas últimas palabras, dejé de sentir la muñeca de Cora y oír sus pasos detrás de mí. Coraline tenía una habilidad especial que le permitía teletransportarse en menos de un segundo. Al igual que la mía era poseer alas y volar.

Subí las escaleras causando un estrepito que se volvía mudo bajo los temblores y los gritos que envolvían el castillo. Doblé la esquina del pasillo que conducía a la habitación de Haibara y me detuve delante de la puerta.

El pánico me invadió de repente y se unió a la respiración desacompasada y a los fuertes latidos de mi corazón. Sentía como si se estuviera abriendo un hueco en el pecho, pero sin vacilar ni un instante más, giré el pomo de la puerta y la abrí lentamente.

La habitación estaba a oscuras, las cortinas negras no dejaban pasar ni el más pequeño halo de luz que había fuera del castillo a causa del ataque que estábamos recibiendo.

Noté un pequeño destello a mi lado y mi reacción fue lanzar una de mis plumas ponzoñosas hacia él con la intención de protegerme. Cuando me giré para ver que había sido ya no había nada.

Sentí un fuerte golpe en la espalda y caí al suelo soltando un quejido. Gracias a las luces del pasillo pude ver una silueta negra que se encontraba de pie delante de mí. No podía ver su rostro, simplemente lograba atisbar el granate de su cabello y su vestido corto, y blanco. Tenía claro que no era un demonio.

Oí un sonido metálico, el de una espada desenvainada. La silueta se movió con rapidez y sentí el frío del acero en mi cuello.

-¿Tú eres la que se encontró Anabella hace unos meses? –Inquirió la voz de una joven.- Si es así, no podrás cumplir las palabras que le dijiste. Tú, que tanto veneras a la muerte, recíbela ahora como a una amiga.

Sin darle tiempo a un solo movimiento, sujeté el filo de la espada y tiré de él hacia el lado derecho, me levanté con rapidez y le propiné una patada en el abdomen lanzándola fuera de la habitación y contra la pared del pasillo. Ella profirió un grito de dolor.

Ahora si podía contemplar su rostro. Era un ángel. Sus alas blancas como las de una paloma y llenas de pureza que en ese momento tenía plegadas, la delataban.

Solo pude reírme a carcajadas de su situación. Se levantó tambaleándose un poco y me miró con odio a través de sus ojos verdes y brillantes.

-¿Tú pretendías matarme? –La contemplé con soberbia- Un ingenuo ángel pensó que podía acabar con mi vida.

La simple manera de imaginármelo me hacía reír aún más.

-Un simple golpe y mírate, ya casi no puedes moverte.

-Lo que a ti te falta de bondad lo tengo yo de valor, por eso no me rendiré tan fácilmente. –Repuso ella.

Me aburrían sus palabras.

Sentí las plumas perforar la piel de mi espalda hacia el exterior, dando forma a mis alas negras. Me arranqué una y apunté al ángel con ella simulando jugar a los dardos.

-Me sorprende que nadie te haya visto entrar en el castillo. Tu imprudencia y tu valentía te costará la vida.

En el momento en que le iba a clavar la pluma una flecha rozó mi mano dejándome un pequeño rasguño en ella, y produciéndome un dolor inmediato y fuera de lo habitual para una simple arma…
La herida me ardía cada vez con más intensidad y me impedía mover la mano con soltura.

Me di la vuelta y vi a un joven de cabello rubio y tirabuzones que caían cual agua en cascada, sobre sus hombros. Sus ojos añiles resplandecían desde la oscuridad que le brindaba la habitación de Haibara. Era bajo y eso me decía que era más joven que yo.

-¡Déjala en paz, maldito cuervo! –Dictaminó el chico bajo un tono de voz firme.

Había tenido agallas para hablarme así, tan valientes eran los ángeles como estúpidos. Otorgarme ese apodo no era correcto, el nombre de “cuervo” no me hacía honor suficiente.

-¿Otro odioso ángel?

Reí y lo contemplé con desprecio.

-Et directe ad volatum vitae. –Dije.

Varias de mis plumas se desprendieron de las alas y apuntaron hacia él, este tensó la cuerda del arco que sostenía en la mano y surgió una flecha de entre un fulgor común de los seres de la Luz. Apuntó hacia mí sin temor y yo mantuve la sonrisa.

No necesitaba mi mano que ahora estaba completamente paralizada, mis palabras bastaban para atacar.

-Cor! –Prenuncié.

Las plumas arremetieron contra el chico y este se cubrió con un escudo cristalino que se formó delante de él.
Me quedé turdida y sorprendida al ver la defensa que había creado aquel chico.
Eso no podía crearlo un simple ángel, un poder como ese solo podía poseerlo un ser en un rango mucho más alto, él solo podía ser uno de los príncipes de la Luz.

-Príncipe, aléjese de ella. –Dijo el ángel que estaba tirada en el suelo detrás de mí.

Oí un pequeño zumbido que fue volviéndose mayor, hasta que la ventana de la habitación se rompió en pedazos, dejando el suelo cubierto de pequeños fragmentos de cristal.

-¡Salid de aquí! ¡Rápido! –Gritó la voz de un hombre desde fuera.

Mientras estaba absorta en mis pensamientos, el joven aprovechó para agarrarme con firmeza de la muñeca. Me miraba fijamente con furia, mientras que yo en ese momento estaba perdida. Y más aún cuando me percaté de que mi cuerpo estaba inmovilizado, por más que lo intentaba no lograba moverme, mi cuerpo no respondía, simplemente se mantenía en pie y rígido, como si de una escultura de piedra se tratase.
No podía girar la cabeza, pero oí los pasos lentos de la chica, que me miró con odio cuando pasó renqueando por delante de mí mientras rodeaba su cintura con el brazo dolorida en dirección a la ventana.
Quise gritarles, pero el extraño poder de aquel ser de la Luz me lo impedía. En la mano del chico apareció una flecha idéntica a la que había utilizado anteriormente, y la colocó bajo mi mentón.

-¿Qué se siente al matar a alguien? –Preguntó.

Él sabía que yo no le podía responder y se rió de mí. Eso aumentó mi rabia, gritaba por dentro por no poder atacarle y matarlo.
De pronto, una figura cubierta por una capa blanca entró por la ventana y se acercó a nosotros deprisa a la par que mantenía su rostro oculto bajo la capucha.

-¡Cesar, vámonos! ¡Déjala! La batalla no está saliendo como esperábamos.-Le dijo al rubio sin vacilar.

-Ahora que está indefensa no la voy a dejar viva –Replicó el que resultaba llamarse Cesar, y presionó la flecha sobre mi piel.

Sentí un ligero dolor y un instante después un hilo de sangre deslizarse por mi cuello.

-Así que tu sangre es negra, al igual que tu corazón.

Estaba equivocado. Mi sangre no era negra, sino el veneno que contenía mi cuerpo, y que corría por mis venas junto con la sangre color carmesí.

El dolor en el cuello se volvió más intenso cuando clavó más aún la flecha, quise quejarme, gritar, liberarme y arrancarle la cabeza con mis propias manos mientras su sangre bañaba el suelo de la habitación como una alfombra de color carmesí.

El sujeto que estaba a su lado, lo detuvo y apartó la flecha de mí con rapidez. Sin esperar las quejas de Cesar, me lanzó contra la pared de un empujón y arrastró hacia atrás al príncipe justo a tiempo para zafarse de una gran llamarada de fuego que entró por la puerta en dirección a nosotros.

En la puerta se encontraba mi hermana Sheila furiosa y respirando agitada. Nunca había tenido mucha paciencia, y su furia se desencadenaba fácilmente, como la pólvora ante el fuego.

-¡Largo de aquí basura!-Gritó ella.

Sheila, se posicionó para atacar y alrededor de sus manos nacieron considerables llamas de fuego, y sin vacilar ni un segundo más, las lanzó contra ellos. Cesar se cubrió el rostro con los brazos, convencido de que recibiría el ataque sin más, pero el individuo de la capa estiró su brazo hacia delante con la mano abierta y una fuerte ráfaga de viento invirtió la trayectoria del fuego.
No me preocupó lo más mínimo que el fuego fuese en dirección a Sheila, su cuerpo era ignifugo, y la temperatura de su cuerpo en aquel momento sería mucho más alta que la mía o cualquiera de los que estábamos allí. Ella recibió el fuego sin miedo, pero éste comenzó a propagarse por la habitación. Nuestros enemigos aprovecharon la ocasión y salieron por la ventana. Corrí hacia la ventana pero el fuego me obstaculizó el paso.

-¡Sheila, para el fuego¡ -Le ordené.

Ella a regañadientes, cerró su mano en un puño y las llamas se hicieron más pequeñas hasta desaparecer, pero habían dejado su rastro en el suelo y en algunos muebles, que estaban ennegrecidos.

Era demasiado tarde para ir tras ellos, habían huido. Decidí continuar con lo que tenía previsto hacer antes de que aquel ángel se entorpeciera en mi camino. Coger el cristal de mi hermana Haibara.

Me quedé a los pies de la cama, y observé meticulosamente una cajita negra que estaba encima de la almohada. La cogí, y al abrirla vi el reluciente cristal de color rosa que había pertenecido a Haibara, sujeto a una cadena de plata como la que teníamos todas.

Aunque una princesa de la Oscuridad falleciese, su cristal seguiría intacto hasta el momento en el que alguien lo destrozara y el poder se desvaneciese.
Anabella, creyó que el cristal sin su dueño ya no serviría para nada, pero podía ser de gran utilidad, el poder aún permanecía dentro y podía ayudar a mantener nuestro hogar a salvo aunque solo fuese por un tiempo.

-Sheila, ordena a Freya que busque el grimorio en la biblioteca. –Le dije.

Mi hermana echó a correr velozmente en busca de Freya, mientras yo saqué el cristal de la cajita y corrí en dirección el salón del trono.
Una vez que bajé las escaleras, Freya me alcanzó corriendo con el libro entre sus brazos, y ambas llegamos hasta enfrente de una compuerta, tan alta como el techo interior, Sheila y Cora ya estaban allí, aguardando a un lado cada una.
Estaba cerrada bajo llave, pero eso no era ningún inconveniente para mí.

-Aperi te. –Pronuncié. Mis ojos violetas centellearon y el portón se abrió lentamente. –Vamos, no perdamos más tiempo. –Les dije a mis hermanas.

Las cuatro entramos y nos dirigimos hacia los tronos. Sheila y Cora se quedaron admirando el interior de aquel salón. Pocas veces habíamos estado en él, pues desde que nuestros padres habían muerto había permanecido cerrado. Yo aunque podía entrar sin dificultad, no me tenía curiosidad por verlo. Las pocas imágenes que tenía del salón cuando era pequeña se fueron avivando con cada segundo que contemplaba el lugar. “Mientras ninguna de vosotras suba al trono y no sea nombrada reina de la Oscuridad, este lugar deberá permanecer clausurado.” Nos repetía una y otra vez Yami cuando eramos pequeñas

Conforme entramos, al frente había dos tronos negros cubiertos de terciopelo rojo en los reposabrazos y en el respaldo. Uno  era más grande que el otro, el más pequeño era el de mi padre, general del ejército oscuro compuesto mayormente por demonios. Y el más grande pertenecía a mi madre, soberana indiscutible de la Oscuridad. Ella era la que tenía la sangre de Satanás en sus venas y que adquirimos todas nosotras.

Si todo hubiese salido bien, habría cinco tronos en vez de dos, y el más grande sería el de Haibara. Pero las circunstancias habían cambiado más de lo previsto.

-La corona… -Susurró Freya con admiración.

Me giré hacia mi derecha y vi que tanto Freya como mis otras dos hermanas admiraban con ambición la corona, hecha de oro blanco y que tenía incrustados pequeños rubíes, zafiros y diamantes a su alrededor. En frente había un hueco con la forma de un rombo. Ese era el lugar donde debía poner el cristal de Haibara, puesto que era a ella a quien le pertenecía.

El suelo comenzó a temblar haciéndonos reaccionar a todas. Las paredes del castillo empezaron a resentirse y se estaban agrietando. Nuestros enemigos no perdían el tiempo. Los cristales de los ventanales estallaron con tanta fuerza que muchos de los fragmentos rasgaron y atravesaron las cortinas que los cubrían.

-¡Cora! –Le hice señas para que me diese la corona. Ella la cogió con delicadeza y la dejó en mis manos.

Yo la solté en el asiento aterciopelado del trono. Separé el cristal de Haibara de la cadena y con cuidado lo introduje en la cavidad.

-Necesito vuestros cristales, quitároslos. –Les ordené. Ellas obedecieron y me los dieron.

Los coloqué dentro de la corona. Le quité el grimorio a Freya de las manos bruscamente y empecé a buscar el hechizo necesario pasando las páginas con rapidez.
En las últimas páginas del libro encontré lo que quería, y sin malgastar más tiempo, me quité mi cristal y lo deposité junto con los de mis hermanas.
Retrocedí unos pasos y alargué el brazo derecho con la mano abierta hacia la corona. Un humo negro y denso comenzó a salir de mi mano y se desplazó hasta la corona rodeándola.

- Mata qui conatur auferre inferno, horrendum indiceretur omni aeternitate supplicii.

Los cristales comenzaron a brillar cada vez con más fuerza.

-¡Satan gloriam debeas. Auxilium custodiant regnum nostrum! –Pronuncié con fuerza.

Esbocé una sonrisa sorprendida al ver que la corona tembló por unos segundos mientras el rugido de un monstruo resonaba por todo el castillo, el rugido furioso de Satanás. Cuando lo oí me sentí completamente protegida, sin él mi familia nunca hubiese existido, el creó nuestro linaje para que terminásemos con los seres más poderosos de la Luz, le debía rendición y lealtad, aunque mi admiración hacia él era aún mayor. Hubiera matado y torturado a más humanos de los que tenía en mi lista de sacrificios solo por verlo, por tenerlo cerca de mí, como un padre.

Surgió un remolino de fuego de entre la corona, y que salió con fuerza por la ventana y arremetía contra todo enemigo. Alrededor de la corona una nube negra de humo se expandía también hacia afuera acompañado por enredaderas cubiertas de espinas afiladas. Almas procedentes del Inframundo salieron gritando fuera del castillo. A cualquier humano o ser de la Luz los sumiría en tal estado de depresión y terror, que optarían por el suicidio.
Cada uno de nuestros poderes se expandía por el reino convirtiéndose en un inmenso caos, atacando a nuestros enemigos. Pronto vimos como se retiraban habiendo perdido la batalla. Ahora podíamos estar tranquilas durante un tiempo.

-Ahora todo depende del poder de nuestros cristales –Dije observando a través de la ventana.

A pesar de que no quería, debía abandonar el Infierno y vivir en el mundo humano, al menos durante un tiempo. Por nuestra propia seguridad.

Miré a mis hermanas con tristeza y ellas me devolvieron la mirada.

-Debemos irnos… Coged vuestras cosas. –Dije.

Caminamos hacia nuestras habitaciones en silencio. Cuando entré en la mía, cogí el estuche del violín, mi preciada espada y algunos de mis vestidos. Sabía que en el mundo humano los vestidos de época ya no se llevaban, pero de todas formas los llevaría conmigo. Nadie podría prohibirme usarlos donde ningún estúpido humano me viese. En realidad, nadie podía prohibirme nada.

Oí un graznido en el balcón. Abrí la ventana y Suimei entró volando y se posó en mi hombro. Era un precioso cuervo, sus plumas negras brillaban como las de ningún otro. Era mi gran compañía, vivía conmigo desde que yo era pequeña y siempre permanecía cerca de mí como un guardaespaldas.

-Tú vendrás conmigo, pequeña. Seguro que necesito tu ayuda. –Le dije silenciosa.

Siempre conseguía calmarme de alguna manera, no era un cuervo común, si lo hubiese sido no podría soportar vivir en el Infierno. A través de sus ojos lograba comunicarse conmigo, y siempre hacia los trabajos más aburridos, como seguir a los humanos e informarme para que yo llevara mis planes a cabo.

Pocas veces había salido del Infierno para ir a la Tierra, solo cuando me aburría me dedicaba a corromper las almas de los humanos y asegurarme de que su destino después de la vida fuese el Inframundo.

Suimei salió por la puerta en dirección a la puerta del castillo y yo la seguí. Cuando llegué, las demás estaban esperando allí con todas sus cosas junto con Yami.

-Permaneced allí todo el tiempo que sea necesario, yo estaré a cargo del castillo. –Dijo ella con orgullo.
¿Qué más podía pedir ella? Vivir en nuestro castillo ella sola le subiría su ego de demonio aún más.

Sheila alzó una de sus cejas hacia ella y gruñó. Mi hermana era la más posesiva, y no le alegraba dejar en su lugar a un simple demonio. Yo también estaba de acuerdo con ella, pero no había otra alternativa.

-Buscad a Daylan Cardew. Es un demonio que sabe arreglárselas perfectamente, y no podrá negarse a ayudar a las princesas de la Oscuridad. –Nos aconsejó Yami.

-Está bien. –Respondí asintiendo.- Por cierto, si le sucede algo malo al castillo, tú serás la culpable, y sabes el castigo que se te puede infligir. –Advertí.

Ella se puso rígida y asintió.

Di un paso atrás y respiré hondo. Había llegado el momento de despedirme de mi hogar.
En tan solo unos segundos, una niebla negra y densa me cubrió por completo, solo veía oscuridad. Un golpe brusco en la planta de mis pies me hizo saber que había llegado a mi destino. La oscuridad se fue disipando hasta que pude ver el callejón donde me encontraba, estaba sucio y apestaba.

A mi lado surgió una llama desde el suelo que fue creciendo hasta que una silueta negra apareció en su interior, sin duda era Sheila. Freya y Cora aparecieron doblando la esquina un instante después. Cora se sacudió la ropa.

-Vaya porquería de lugar…. –Dijo Sheila asqueada.

La miré y me reí de ella. Sheila frunció el ceño al verme y yo hice un gesto con la mano para que lo olvidara.

Iba a ser duro para todas vivir aquí, pero en especial para ellas. Nunca habían pisado la Tierra antes.

-¿Y bien? ¿Qué hacemos ahora? –Inquirió Freya cruzándose de brazos y haciendo una mueca.

-Desde luego no nos vamos a quedar aquí, al menos yo. –Repuso Coraline frunciendo los labios.

-Tomemos un té antes de buscar a ese demonio. –Comenté.

-¿Más té? –Replicó Sheila.

-Si quieres empieza tu búsqueda sola. –Le recomendé irónicamente a la par que sonreía  con arrogancia.

Ella tensó la mandíbula y apretó los puños.
Yo simplemente la ignoré y salí del callejón.
Aún quedaba mucho que hacer, pero por el momento teníamos tiempo suficiente.

-Si te comportas te dejaré matar algo. –Le dije a Sheila.

Mi hermana pareció conforme, pero Cora chasqueó la lengua discrepante. Ella también quería participar en su hobbie preferido.

sábado, 28 de abril de 2012

Capítulo 1


Las notas nostálgicas y melancólicas que tocaba en mi violín eran debido a la muerte de Haibara. No sabía exactamente cuantas horas habían transcurrido mientras tocaba el instrumento, lo que si sé, es que a penas dormía, puesto que si lo hacía, la muerte de mi hermana me atormentaría en mi sueño, para convertirse en una desgarradora pesadilla. Tampoco veía a mis otras tres hermanas y si lo hacía, las ignoraba.

Nunca salía de mi oscura habitación, horas en las que me encontraba rodeada por cuatro paredes de piedra envejecida por los años y unos pocos muebles de madera de aspecto suntuoso y siniestro. Tampoco permitía que los criados entrasen a limpiar, les había dejado bien claro que si lo hacían sufrirían la más dolorosa de las muertes.
Me sentía culpable por la muerte de mi hermana, y de hecho, lo era. ¿Qué ser contemplaba la muerte de su hermana y no hacía nada por impedirlo? Yo era la respuesta.
Sabía que pronto perdería la cabeza, de todas formas, nadie perdía nada importante en sus vidas. Mis hermanas pequeñas se merecían a alguien capaz de protegerlas, y yo no era la adecuada para ese cometido.

Las cinco hermanas de la Oscuridad formábamos el alma de Satanás, y Haibara había fallecido, lo que advertía de que Satanás había perdido parte de su alma, y la locura en nuestras mentes había aumentado de manera considerable. Es por eso, que mantenernos todas con vida era algo crucial si no queríamos perder más la cabeza.
Parte de nuestra vida había muerto con Haibara.

Oí el chirriante pomo de la puerta girarse y mis nervios afloraron en ese mismo instante.

-Deberías descansar, Rosen –Era la voz de Sheila, la cuarta de las hermanas.

No era de mi agrado el apodo de “Rosen” en el lugar de “Rosalinda”, que era mi verdadero nombre, pero mis hermanas pequeñas siempre lo habían utilizado para nombrarme y tras años de intentos por corregirlas, me di por vencida y terminé por familiarizarme con él.

Suspiré y dejé de tocar la melodía en el violín. Giré el rostro para verla y luego me acerqué a la ventana. El paisaje desolador del Infierno ya no era agradable, el aire estaba cargado de terror e inquietud por parte de los demonios.

-Yo no soy ella. –Repuse.

Respiré hondo y me volteé para verla. Aún permanecía bajo el marco de la puerta, algo insólito por su parte. A sus quince años, era una joven enérgica y considerablemente desobediente, manipuladora y al contrario que yo, ella nunca pensaba dos veces antes de obrar. Sheila sabía lo que pensaba de ella, simplemente que era una niña muy infantil.

Su físico era bastante peculiar, resaltando en especial su fino cabello, que se distribuía en tres colores predominantes que comenzaba en las raíces con un rubio dorado y empezaba a degradarse hasta conseguir un rubio cobrizo y finalmente alcanzar en las puntas el color fucsia. Habituaba llevarlo recogido en dos largas coletas que sobrepasaban de su cintura.
Sus ojos azul zafiro encandilaban a cualquiera, podían lograr aparentar ser sinceros y bondadosos, pero en realidad, quienes la conocíamos de verdad, como el resto de la familia, sabíamos perfectamente que en cualquier momento podían estallar de ira y verse reflejadas en ellos resplandecientes llamaradas azules. Su tez era pálida como la luna y suave como la seda, lo cual compartíamos todas nosotras.

-Veo que empiezas a madurar –Comenté con voz fría.

No pude evitar aferrarme a mi violín que aún sostenía en mis manos, uno de mis preciados tesoros, herencia que me quedaba de mi abuela a la que nunca había llegado a conocer y de la que hoy no tengo ni un mísero recuerdo suyo. Ese instrumento parecía tener vida propia, conseguía transmitirme calma, y era por eso que nunca me había separado de él y procuraba mantenerlo en perfecto estado, puesto que el paso de los años se apreciaban en la madera.

Me acerqué a los pies de la cama donde estaba el estuche abierto y guardé el instrumento con sumo cuidado.

-Sabes perfectamente que tendrás que ocupar su lugar en el trono. –Replicó mi hermana.

Sheila entró en la habitación y se acercó a mi lado. Inmediatamente la miré con el ceño fruncido, ese descaro con el que había entrado en mi habitación no me había gustado nada y menos aún su comentario, pero ella me devolvió una mirada desafiante. Sentí como la ira comenzaba a arder en mi interior debido a su insolencia.

-¿Es que no te das cuenta? –Le grité furiosa- ¡No quiero ocupar su lugar, quiero vengar su muerte!

Sheila permaneció en silencio, sabía que ella también deseaba vengarse por la muerte de Haibara, pero seguramente se estaría preguntado por qué después de medio año que había pasado yo aún no lo había hecho.

-No lo entiendes, ¿verdad? -Hizo una pequeña pausa y respiró profundo cerrando los ojos unos segundos para calmarse- Se requiere una reina para la Oscuridad, y después de su muerte...

Sheila torció la cabeza hacia un lado y vi como una lágrima caía por su mejilla. Pasó su mano rápidamente por ella y la secó. Después volvió la mirada hacia mí.

-Es tu turno Rosen -Dijo con firmeza, aunque pude notar un atisbo de tristeza en su tono de voz- No puedes quedarte aquí para siempre, la Oscuridad necesita ayuda. Ayuda que solo podemos proporcionar nosotras. –Dijo haciendo énfasis en la última palabra.

-¿Y qué ayuda puedo ofrecer yo, Sheila? Tan solo tengo diecisiete años, se suponía que Haibara iba a ser la futura reina, no yo. -Le repliqué- Además, ni siquiera quiero serlo.

Bufé y la empujé sutilmente hacia la puerta para que me dejara sola, pero eso la molestó bastante y apartó bruscamente mis brazos mirándome llena de ira.

-¡Rosen, basta ya! Es tu futuro y no puedes cambiarlo, deja de esconderte y comienza a tomar las riendas del Infierno -Gritó mientras gesticulaba exasperada- ¿Y qué si tienes diecisiete años? Sabes que estás preparada pero reconoce que tienes miedo. Miedo a fallarme a mí, al resto de tus hermanas y a la Oscuridad. Además, sabes perfectamente que Artemisa y mamá subieron al trono mucho antes de cumplir tu edad.

Artemisa era nuestra abuela, pero ninguna de nosotras la habíamos conocido, murió muy joven y a manos de nuestros enemigos, por esa razón Sheila y todas nosotras utilizábamos su nombre para referirnos a ella en vez de llamarla “abuela”, excepto Coraline, que era la única que tenía una estrecha relación con ella y no quería llamarla por su nombre.

Conocía a Sheila y en este momento estaba decidida a hacerme entrar en razón, y por mucho que me irritara, tenía razón, aunque no iba a dársela.

La observé fijamente con el ceño fruncido, y segundos más tarde cerré los ojos y respiré hondo.

-Supongo... –Vacilé unos segundos en mi respuesta, aún no estaba segura, pero debía armarme de valor- Que no puede esconderme por más tiempo.

Cuando abrí los ojos de nuevo, vi que Sheila me esperaba justo debajo del marco de la puerta. Caminé con firmeza hacia ella y salimos de la habitación.
El pasillo estaba oscuro, a los criados se les había olvidado encender las velas de las lámparas  que había en las paredes. El suelo de piedra estaba cubierto por una alfombra roja de terciopelo completamente sucia, nadie se había molestado en limpiar el pasillo que conducía a mi habitación. Criados inútiles.

-¿Os habíais olvidado de mí? -Pregunté a Sheila mientras la alcanzaba por el pasillo.

Sheila me miró confundida sin saber a que me refería. Señalé el pasillo y ella sonrió.

-Sabes que no. Pero pretendías matar a todo criado que entraba en tu habitación para limpiarla, así que decidieron no acercarse ni siquiera al pasillo.

-Excusas baratas. Son unos inútiles.

Sheila continuó sonriendo y miró hacia el frente moviendo la cabeza mientras pensaba su respuesta.

-Puede ser -Comentó.

Bajamos las anchas escaleras imperiales y nos dirigimos al salón donde estaban Coraline y Freya. Cuando entramos, las encontramos sentadas en un gran sofá de piel negro, esperando por nosotras dos para beber el té juntas.

Cora seguía tan pequeña como siempre, por algo era la más joven de la familia.
Su fino cabello blanco y corto estaba adornado con una cinta negra formando un lazo encima de su cabeza, tenía flequillo el cual acostumbraba llevarlo hacia el lado izquierdo sin llegar a ocultar ninguno de sus radiantes ojos rojos que se asimilaban a los rubíes, y que hipnotizaban a cualquiera, literalmente.
Con tan solo doce años era una niña callada, a pesar de que mantenía la compostura en cualquier caso y siempre con la educación requerida para cada ocasión.
Su carácter era de los más extraños de la familia, Coraline sufría trastornos bipolares y cierta esquizofrenia*. Te podía encandilar con su tierna mirada, su inocente sonrisa, y sus dulces y delicadas palabras, como degollarte al instante, ser cruel y torturarte hasta provocarte la muerte.

Freya tenía la taza entre sus manos, y con los ojos cerrados y una pequeña sonrisa olía el té verde que tanto la cautivaba.

-¿Por fin te has decidido a plantarle cara a la realidad, Rosen? -Inquirió Freya.

La pequeña sonrisa aumentó en la comisura de sus labios, mientras abría los ojos dejando ver el color anaranjado de estos, que evocaban a los de un tigre.

Freya era la mediana de las cinco, es decir, la tercera hermana.
Su cabello era largo, verde y rizado, como si de serpientes se tratase. Siempre lo llevaba suelto ya que no le agradaba tener que recogerse el pelo, ni siquiera el desordenado flequillo que ocultaba parte de su frente.

Aunque aparentemente no lo pareciese, Freya era una persona entusiasta, alegre y divertida. No le gustaba estar sola, excepto cuando se encerraba durante horas en la biblioteca, y desde siempre, había sido la más pacífica y tranquila de la familia. Tenía una gran paciencia y adoraba burlarse de la gente. Era dulce, pero también atrevida y odiaba mi egocentrismo desde pequeña.
También era amante de la naturaleza desde que nació, debido a que ese era su poder, el bosque y la tierra, elementos poderosos, como el fuego que dominaba Sheila.

Fulminé a Freya con la mirada y esta la ignoró mirando la taza de té que tenía entre sus manos mientras mantenía su sonrisa.

-Me gustaría que te pusieras en mi lugar. –Comenté.
                                                                                                           
-Lo he hecho, y exageras demasiado. –Respondió ella socarrona.

-¿Cómo puedes estar tan tranquila después de la muerte de Haibara? -Le pregunté en un tono excesivamente elevado, que todas percibieron al instante, incluida yo.

Freya frunció el ceño molesta y dejó caer la taza de té que tenía en sus manos al suelo. El estallido de la porcelana sobre el suelo sobresaltó a Sheila que dio un pequeño respingo.

-¡Así que eso es lo que piensas! ¿Crees que no he sufrido por su muerte? –Vociferó.

-¡No, pero apenas han pasado seis meses y ya sonríes sin ningún remordimiento! –Repliqué siguiendo su mismo tono de voz.

Freya se levantó del sofá, caminó hacia mí y permaneció a escasos centímetros mirándome sulfurada.

-Y tú te has pasado el mismo tiempo en tu habitación escondida de todos y de todo. No eres nadie para decirme como me siento después de la muerte de Haibara. Yo he sufrido igual que todas, pero intento no convertirme en una amargada y evitar las lágrimas como tú. -Me observó unos segundos con expresión desafiante y seguidamente me empujó hacia un lado- Apártate de mi camino.

Le agarré la muñeca a tiempo y la hice retroceder varios pasos hasta que volvió a su anterior posición.

-¡Aún no hemos terminado la conversación! –Le dije colérica.

Ella me miraba fijamente y yo no vacilaba en hacer exactamente lo mismo.

-Rosen, suéltame o tendremos problemas.

Freya dio un tirón tratando de soltarse de mi agarre pero yo la sujeté con más fuerza, clavándole ligeramente mis uñas en su piel.

-Calmaos las dos, si no tan solo habrá inconvenientes. –Alertó Sheila, que se había sentando en uno de los reposabrazos del sofá cerca de Cora.

Me serené y entré en razón. Debía canalizar mi ira, a veces me jugaba malas pasadas.

Solté la muñeca de Freya y ésta la retiró bruscamente echando a andar fuera del salón sin decir nada.

Tras unos minutos se oyó un portazo, y seguidamente el eco de unos pasos que parecían acercarse al salón. Pocos segundos después, Yami entró por la puerta y se dirigió hacia nosotras.

Yami era un demonio, y siguiendo la rama de su familia, los Yashahi, se había convertido en la consejera del reino y una gran amiga de la familia, en especial de Haibara, quizás fuese porque ambas tenían la misma edad.
Su cabello era largo, fino y rojo como la sangre, sus ojos eran grises aunque poseían un destello plateado en ellos. Su tez, era pálida como la mayor parte de los de su raza.

Era perversa aunque no solía mostrarlo si no era necesario, y su mayor diversión era el provocar pesadillas en los sueños de los humanos a través de su mente.

-Ya estabais tardando en montar algún escándalo en el castillo –Comentó divertida mientras nos sonreía.

-Esta vez han sido ellas –Se justificó Cora sonriendo con malicia.

-Lo sé, he oído la conversación.

Yami me dirigió una mirada inexpresiva y después suspiró y yo fruncí el ceño observándola extrañada.

-Has tenido tiempo suficiente así que… ¿Cuáles son tus planes? –Preguntó mientras se sentaba en uno de los sillones y posteriormente cruzaba sus piernas.

-Saben que queda una de nosotras viva, Anabella me vio. Pero es muy posible que piensen que solamente quedo yo. –Respondí con seriedad sin mirarla.

Sheila y Cora escuchaban con interés la conversación que manteníamos Yami y yo. Las miré unos instantes y clavé las uñas en los brazos del sillón. Yo no podía ocultarme, ellos sabían que yo era una princesa Oscura, pero mis hermanas aún tenían la oportunidad de huir.

-Tarde o temprano me enfrentaré a Anabella, es inevitable.

-Pero no sola –Replicó Sheila frunciendo el ceño.

-¡Esto es algo muy serio Sheila!

-¡Me da igual, no voy a dejarte sola cuando luches con Anabella! No quiero volverme más paranoica de lo que estoy por culpa de la muerte de Haibara.

Coraline se levantó mostrando indiferencia ante nuestra disputa.

-Voy a pasear con Dark, vuestros chillidos son insoportables. –Comentó mientras salía por la puerta del salón.

Dark era un lobo que ella misma había criado desde pequeño, y al cual le había concedido más años de vida, tantos como alcanzara ella.

-Vete Sheila –Le ordené a mi hermana. Ella hizo ademán de protestar pero no se lo permití- Vete!

Sheila gruñó mientras se marchaba, pero antes creó una bola de fuego en su mano derecha y la lanzó hacia una de las paredes provocando que algunas chispas saltaran cerca  nuestra.

Me sentía agotada de tanto discutir, así que me levanté del sillón y me dirigí de nuevo a la habitación.

-¿A dónde vas? –Inquirió Yami.

-Estoy harta de tanta conversación Yami, además, por el momento no quiero saber nada del trono.

-Estás siendo inmadura. Estás dispuesta a dejar el reino abandonado con tal de protegerte.
-¡Te equivocas! Solo quiero terminar con una cuenta pendiente.

-¡Oh, venga!  ¡Sabes que Anabella te vencerá mientras no controles tu ira! -Gritó Yami golpeando el sofá con las manos y levantándose.

-¡Tú no eres nadie para hablarme de la manera en la que lo estás haciendo!

Yami no era nadie para hablarme de esa forma. Que su familia fuese de las más poderosas entre los demonios y la cercanía que tenía con la nuestra no le daba derecho a gritarme, debía mantenerse respetuosa hacia mí.

Se quedó en silencio y bajo la mirada.

-Lo siento Rosalinda. –Dijo en voz baja disculpándose.- Pero entonces, ¿cuándo será oportuno atacarles?

Llevé una de mis manos a la cabeza suspirando.

-No lo sé… no sé nada!

Era verdad, no sabía que hacer, estaba perdida y el tiempo corría en nuestra contra, en contra de la Oscuridad.

Lo único que tenía claro, era que Anabella iba a morir, le arrebataría su vida como ella había hecho con la de mi hermana. Tarde o temprano nos veríamos las caras en Queimel y solo quedaría una con vida.


Me percaté de que el salón estaba en silencio. Yami me observaba con inquietud en su mirada mientras yo permanecía de pié a un metro de ella. En ese momento oímos los pasos de alguien que corría por el castillo, hacia el salón.

-¡Rosen! –Gritó Cora antes de aparecer por la puerta.

Se apoyó en el soporte jadeando e intentando recobrar el aliento.

-¿Qué sucede? –Pregunté con los nervios a flor de piel.

En ese momento se oyó una explosión y tras ella un temblor en el suelo que me hizo tambalear y perder casi el equilibrio. Yami se había aferrado al sillón mientras que Cora se apoyó en la pared y me miraba fijamente horrorizada.

-¡No tenemos más tiempo! ¡Vienen hacia aquí y a por nosotras! –Chilló.

-¿Qué? –Jadeé- ¡Asquerosas ratas!