Páginas vistas en total

sábado, 28 de abril de 2012

Capítulo 1


Las notas nostálgicas y melancólicas que tocaba en mi violín eran debido a la muerte de Haibara. No sabía exactamente cuantas horas habían transcurrido mientras tocaba el instrumento, lo que si sé, es que a penas dormía, puesto que si lo hacía, la muerte de mi hermana me atormentaría en mi sueño, para convertirse en una desgarradora pesadilla. Tampoco veía a mis otras tres hermanas y si lo hacía, las ignoraba.

Nunca salía de mi oscura habitación, horas en las que me encontraba rodeada por cuatro paredes de piedra envejecida por los años y unos pocos muebles de madera de aspecto suntuoso y siniestro. Tampoco permitía que los criados entrasen a limpiar, les había dejado bien claro que si lo hacían sufrirían la más dolorosa de las muertes.
Me sentía culpable por la muerte de mi hermana, y de hecho, lo era. ¿Qué ser contemplaba la muerte de su hermana y no hacía nada por impedirlo? Yo era la respuesta.
Sabía que pronto perdería la cabeza, de todas formas, nadie perdía nada importante en sus vidas. Mis hermanas pequeñas se merecían a alguien capaz de protegerlas, y yo no era la adecuada para ese cometido.

Las cinco hermanas de la Oscuridad formábamos el alma de Satanás, y Haibara había fallecido, lo que advertía de que Satanás había perdido parte de su alma, y la locura en nuestras mentes había aumentado de manera considerable. Es por eso, que mantenernos todas con vida era algo crucial si no queríamos perder más la cabeza.
Parte de nuestra vida había muerto con Haibara.

Oí el chirriante pomo de la puerta girarse y mis nervios afloraron en ese mismo instante.

-Deberías descansar, Rosen –Era la voz de Sheila, la cuarta de las hermanas.

No era de mi agrado el apodo de “Rosen” en el lugar de “Rosalinda”, que era mi verdadero nombre, pero mis hermanas pequeñas siempre lo habían utilizado para nombrarme y tras años de intentos por corregirlas, me di por vencida y terminé por familiarizarme con él.

Suspiré y dejé de tocar la melodía en el violín. Giré el rostro para verla y luego me acerqué a la ventana. El paisaje desolador del Infierno ya no era agradable, el aire estaba cargado de terror e inquietud por parte de los demonios.

-Yo no soy ella. –Repuse.

Respiré hondo y me volteé para verla. Aún permanecía bajo el marco de la puerta, algo insólito por su parte. A sus quince años, era una joven enérgica y considerablemente desobediente, manipuladora y al contrario que yo, ella nunca pensaba dos veces antes de obrar. Sheila sabía lo que pensaba de ella, simplemente que era una niña muy infantil.

Su físico era bastante peculiar, resaltando en especial su fino cabello, que se distribuía en tres colores predominantes que comenzaba en las raíces con un rubio dorado y empezaba a degradarse hasta conseguir un rubio cobrizo y finalmente alcanzar en las puntas el color fucsia. Habituaba llevarlo recogido en dos largas coletas que sobrepasaban de su cintura.
Sus ojos azul zafiro encandilaban a cualquiera, podían lograr aparentar ser sinceros y bondadosos, pero en realidad, quienes la conocíamos de verdad, como el resto de la familia, sabíamos perfectamente que en cualquier momento podían estallar de ira y verse reflejadas en ellos resplandecientes llamaradas azules. Su tez era pálida como la luna y suave como la seda, lo cual compartíamos todas nosotras.

-Veo que empiezas a madurar –Comenté con voz fría.

No pude evitar aferrarme a mi violín que aún sostenía en mis manos, uno de mis preciados tesoros, herencia que me quedaba de mi abuela a la que nunca había llegado a conocer y de la que hoy no tengo ni un mísero recuerdo suyo. Ese instrumento parecía tener vida propia, conseguía transmitirme calma, y era por eso que nunca me había separado de él y procuraba mantenerlo en perfecto estado, puesto que el paso de los años se apreciaban en la madera.

Me acerqué a los pies de la cama donde estaba el estuche abierto y guardé el instrumento con sumo cuidado.

-Sabes perfectamente que tendrás que ocupar su lugar en el trono. –Replicó mi hermana.

Sheila entró en la habitación y se acercó a mi lado. Inmediatamente la miré con el ceño fruncido, ese descaro con el que había entrado en mi habitación no me había gustado nada y menos aún su comentario, pero ella me devolvió una mirada desafiante. Sentí como la ira comenzaba a arder en mi interior debido a su insolencia.

-¿Es que no te das cuenta? –Le grité furiosa- ¡No quiero ocupar su lugar, quiero vengar su muerte!

Sheila permaneció en silencio, sabía que ella también deseaba vengarse por la muerte de Haibara, pero seguramente se estaría preguntado por qué después de medio año que había pasado yo aún no lo había hecho.

-No lo entiendes, ¿verdad? -Hizo una pequeña pausa y respiró profundo cerrando los ojos unos segundos para calmarse- Se requiere una reina para la Oscuridad, y después de su muerte...

Sheila torció la cabeza hacia un lado y vi como una lágrima caía por su mejilla. Pasó su mano rápidamente por ella y la secó. Después volvió la mirada hacia mí.

-Es tu turno Rosen -Dijo con firmeza, aunque pude notar un atisbo de tristeza en su tono de voz- No puedes quedarte aquí para siempre, la Oscuridad necesita ayuda. Ayuda que solo podemos proporcionar nosotras. –Dijo haciendo énfasis en la última palabra.

-¿Y qué ayuda puedo ofrecer yo, Sheila? Tan solo tengo diecisiete años, se suponía que Haibara iba a ser la futura reina, no yo. -Le repliqué- Además, ni siquiera quiero serlo.

Bufé y la empujé sutilmente hacia la puerta para que me dejara sola, pero eso la molestó bastante y apartó bruscamente mis brazos mirándome llena de ira.

-¡Rosen, basta ya! Es tu futuro y no puedes cambiarlo, deja de esconderte y comienza a tomar las riendas del Infierno -Gritó mientras gesticulaba exasperada- ¿Y qué si tienes diecisiete años? Sabes que estás preparada pero reconoce que tienes miedo. Miedo a fallarme a mí, al resto de tus hermanas y a la Oscuridad. Además, sabes perfectamente que Artemisa y mamá subieron al trono mucho antes de cumplir tu edad.

Artemisa era nuestra abuela, pero ninguna de nosotras la habíamos conocido, murió muy joven y a manos de nuestros enemigos, por esa razón Sheila y todas nosotras utilizábamos su nombre para referirnos a ella en vez de llamarla “abuela”, excepto Coraline, que era la única que tenía una estrecha relación con ella y no quería llamarla por su nombre.

Conocía a Sheila y en este momento estaba decidida a hacerme entrar en razón, y por mucho que me irritara, tenía razón, aunque no iba a dársela.

La observé fijamente con el ceño fruncido, y segundos más tarde cerré los ojos y respiré hondo.

-Supongo... –Vacilé unos segundos en mi respuesta, aún no estaba segura, pero debía armarme de valor- Que no puede esconderme por más tiempo.

Cuando abrí los ojos de nuevo, vi que Sheila me esperaba justo debajo del marco de la puerta. Caminé con firmeza hacia ella y salimos de la habitación.
El pasillo estaba oscuro, a los criados se les había olvidado encender las velas de las lámparas  que había en las paredes. El suelo de piedra estaba cubierto por una alfombra roja de terciopelo completamente sucia, nadie se había molestado en limpiar el pasillo que conducía a mi habitación. Criados inútiles.

-¿Os habíais olvidado de mí? -Pregunté a Sheila mientras la alcanzaba por el pasillo.

Sheila me miró confundida sin saber a que me refería. Señalé el pasillo y ella sonrió.

-Sabes que no. Pero pretendías matar a todo criado que entraba en tu habitación para limpiarla, así que decidieron no acercarse ni siquiera al pasillo.

-Excusas baratas. Son unos inútiles.

Sheila continuó sonriendo y miró hacia el frente moviendo la cabeza mientras pensaba su respuesta.

-Puede ser -Comentó.

Bajamos las anchas escaleras imperiales y nos dirigimos al salón donde estaban Coraline y Freya. Cuando entramos, las encontramos sentadas en un gran sofá de piel negro, esperando por nosotras dos para beber el té juntas.

Cora seguía tan pequeña como siempre, por algo era la más joven de la familia.
Su fino cabello blanco y corto estaba adornado con una cinta negra formando un lazo encima de su cabeza, tenía flequillo el cual acostumbraba llevarlo hacia el lado izquierdo sin llegar a ocultar ninguno de sus radiantes ojos rojos que se asimilaban a los rubíes, y que hipnotizaban a cualquiera, literalmente.
Con tan solo doce años era una niña callada, a pesar de que mantenía la compostura en cualquier caso y siempre con la educación requerida para cada ocasión.
Su carácter era de los más extraños de la familia, Coraline sufría trastornos bipolares y cierta esquizofrenia*. Te podía encandilar con su tierna mirada, su inocente sonrisa, y sus dulces y delicadas palabras, como degollarte al instante, ser cruel y torturarte hasta provocarte la muerte.

Freya tenía la taza entre sus manos, y con los ojos cerrados y una pequeña sonrisa olía el té verde que tanto la cautivaba.

-¿Por fin te has decidido a plantarle cara a la realidad, Rosen? -Inquirió Freya.

La pequeña sonrisa aumentó en la comisura de sus labios, mientras abría los ojos dejando ver el color anaranjado de estos, que evocaban a los de un tigre.

Freya era la mediana de las cinco, es decir, la tercera hermana.
Su cabello era largo, verde y rizado, como si de serpientes se tratase. Siempre lo llevaba suelto ya que no le agradaba tener que recogerse el pelo, ni siquiera el desordenado flequillo que ocultaba parte de su frente.

Aunque aparentemente no lo pareciese, Freya era una persona entusiasta, alegre y divertida. No le gustaba estar sola, excepto cuando se encerraba durante horas en la biblioteca, y desde siempre, había sido la más pacífica y tranquila de la familia. Tenía una gran paciencia y adoraba burlarse de la gente. Era dulce, pero también atrevida y odiaba mi egocentrismo desde pequeña.
También era amante de la naturaleza desde que nació, debido a que ese era su poder, el bosque y la tierra, elementos poderosos, como el fuego que dominaba Sheila.

Fulminé a Freya con la mirada y esta la ignoró mirando la taza de té que tenía entre sus manos mientras mantenía su sonrisa.

-Me gustaría que te pusieras en mi lugar. –Comenté.
                                                                                                           
-Lo he hecho, y exageras demasiado. –Respondió ella socarrona.

-¿Cómo puedes estar tan tranquila después de la muerte de Haibara? -Le pregunté en un tono excesivamente elevado, que todas percibieron al instante, incluida yo.

Freya frunció el ceño molesta y dejó caer la taza de té que tenía en sus manos al suelo. El estallido de la porcelana sobre el suelo sobresaltó a Sheila que dio un pequeño respingo.

-¡Así que eso es lo que piensas! ¿Crees que no he sufrido por su muerte? –Vociferó.

-¡No, pero apenas han pasado seis meses y ya sonríes sin ningún remordimiento! –Repliqué siguiendo su mismo tono de voz.

Freya se levantó del sofá, caminó hacia mí y permaneció a escasos centímetros mirándome sulfurada.

-Y tú te has pasado el mismo tiempo en tu habitación escondida de todos y de todo. No eres nadie para decirme como me siento después de la muerte de Haibara. Yo he sufrido igual que todas, pero intento no convertirme en una amargada y evitar las lágrimas como tú. -Me observó unos segundos con expresión desafiante y seguidamente me empujó hacia un lado- Apártate de mi camino.

Le agarré la muñeca a tiempo y la hice retroceder varios pasos hasta que volvió a su anterior posición.

-¡Aún no hemos terminado la conversación! –Le dije colérica.

Ella me miraba fijamente y yo no vacilaba en hacer exactamente lo mismo.

-Rosen, suéltame o tendremos problemas.

Freya dio un tirón tratando de soltarse de mi agarre pero yo la sujeté con más fuerza, clavándole ligeramente mis uñas en su piel.

-Calmaos las dos, si no tan solo habrá inconvenientes. –Alertó Sheila, que se había sentando en uno de los reposabrazos del sofá cerca de Cora.

Me serené y entré en razón. Debía canalizar mi ira, a veces me jugaba malas pasadas.

Solté la muñeca de Freya y ésta la retiró bruscamente echando a andar fuera del salón sin decir nada.

Tras unos minutos se oyó un portazo, y seguidamente el eco de unos pasos que parecían acercarse al salón. Pocos segundos después, Yami entró por la puerta y se dirigió hacia nosotras.

Yami era un demonio, y siguiendo la rama de su familia, los Yashahi, se había convertido en la consejera del reino y una gran amiga de la familia, en especial de Haibara, quizás fuese porque ambas tenían la misma edad.
Su cabello era largo, fino y rojo como la sangre, sus ojos eran grises aunque poseían un destello plateado en ellos. Su tez, era pálida como la mayor parte de los de su raza.

Era perversa aunque no solía mostrarlo si no era necesario, y su mayor diversión era el provocar pesadillas en los sueños de los humanos a través de su mente.

-Ya estabais tardando en montar algún escándalo en el castillo –Comentó divertida mientras nos sonreía.

-Esta vez han sido ellas –Se justificó Cora sonriendo con malicia.

-Lo sé, he oído la conversación.

Yami me dirigió una mirada inexpresiva y después suspiró y yo fruncí el ceño observándola extrañada.

-Has tenido tiempo suficiente así que… ¿Cuáles son tus planes? –Preguntó mientras se sentaba en uno de los sillones y posteriormente cruzaba sus piernas.

-Saben que queda una de nosotras viva, Anabella me vio. Pero es muy posible que piensen que solamente quedo yo. –Respondí con seriedad sin mirarla.

Sheila y Cora escuchaban con interés la conversación que manteníamos Yami y yo. Las miré unos instantes y clavé las uñas en los brazos del sillón. Yo no podía ocultarme, ellos sabían que yo era una princesa Oscura, pero mis hermanas aún tenían la oportunidad de huir.

-Tarde o temprano me enfrentaré a Anabella, es inevitable.

-Pero no sola –Replicó Sheila frunciendo el ceño.

-¡Esto es algo muy serio Sheila!

-¡Me da igual, no voy a dejarte sola cuando luches con Anabella! No quiero volverme más paranoica de lo que estoy por culpa de la muerte de Haibara.

Coraline se levantó mostrando indiferencia ante nuestra disputa.

-Voy a pasear con Dark, vuestros chillidos son insoportables. –Comentó mientras salía por la puerta del salón.

Dark era un lobo que ella misma había criado desde pequeño, y al cual le había concedido más años de vida, tantos como alcanzara ella.

-Vete Sheila –Le ordené a mi hermana. Ella hizo ademán de protestar pero no se lo permití- Vete!

Sheila gruñó mientras se marchaba, pero antes creó una bola de fuego en su mano derecha y la lanzó hacia una de las paredes provocando que algunas chispas saltaran cerca  nuestra.

Me sentía agotada de tanto discutir, así que me levanté del sillón y me dirigí de nuevo a la habitación.

-¿A dónde vas? –Inquirió Yami.

-Estoy harta de tanta conversación Yami, además, por el momento no quiero saber nada del trono.

-Estás siendo inmadura. Estás dispuesta a dejar el reino abandonado con tal de protegerte.
-¡Te equivocas! Solo quiero terminar con una cuenta pendiente.

-¡Oh, venga!  ¡Sabes que Anabella te vencerá mientras no controles tu ira! -Gritó Yami golpeando el sofá con las manos y levantándose.

-¡Tú no eres nadie para hablarme de la manera en la que lo estás haciendo!

Yami no era nadie para hablarme de esa forma. Que su familia fuese de las más poderosas entre los demonios y la cercanía que tenía con la nuestra no le daba derecho a gritarme, debía mantenerse respetuosa hacia mí.

Se quedó en silencio y bajo la mirada.

-Lo siento Rosalinda. –Dijo en voz baja disculpándose.- Pero entonces, ¿cuándo será oportuno atacarles?

Llevé una de mis manos a la cabeza suspirando.

-No lo sé… no sé nada!

Era verdad, no sabía que hacer, estaba perdida y el tiempo corría en nuestra contra, en contra de la Oscuridad.

Lo único que tenía claro, era que Anabella iba a morir, le arrebataría su vida como ella había hecho con la de mi hermana. Tarde o temprano nos veríamos las caras en Queimel y solo quedaría una con vida.


Me percaté de que el salón estaba en silencio. Yami me observaba con inquietud en su mirada mientras yo permanecía de pié a un metro de ella. En ese momento oímos los pasos de alguien que corría por el castillo, hacia el salón.

-¡Rosen! –Gritó Cora antes de aparecer por la puerta.

Se apoyó en el soporte jadeando e intentando recobrar el aliento.

-¿Qué sucede? –Pregunté con los nervios a flor de piel.

En ese momento se oyó una explosión y tras ella un temblor en el suelo que me hizo tambalear y perder casi el equilibrio. Yami se había aferrado al sillón mientras que Cora se apoyó en la pared y me miraba fijamente horrorizada.

-¡No tenemos más tiempo! ¡Vienen hacia aquí y a por nosotras! –Chilló.

-¿Qué? –Jadeé- ¡Asquerosas ratas!


1 comentario:

  1. me encaaaaaaanta jeje

    os esta kdando muuy bien y me gusta mi personaje jeje espero aconsejarte bn enana jajaajajaj

    os quiero<3

    ResponderEliminar