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domingo, 10 de junio de 2012

Capítulo 2

Yami se acercó a una de las ventanas observando con todo detalle lo que sucedía.

La oscuridad que había en el reino empezaba a ser eclipsada por una luz tenue que envolvía el Infierno lentamente. La niebla negra y densa que se encontraba dispersa por todos lados desaparecía paulatinamente a la par que el reino era consumido por los gritos ensordecedores de los demonios. Era evidente que esa luz los dañaba.
Yami se giró hacia mí aterrada.

-Tenéis que iros.
-¡No! –Grité furiosa.

La diablesa me agarró con fuerza el brazo derecho y me miró fijamente.
Ella tenía miedo de perderlo todo, como yo, no quería desaparecer para siempre.
Entonces comprendí, que debía irme con mis hermanas a un lugar más seguro, y no había uno mejor que el mundo de los humanos. Huir a la Tierra era la mejor opción que teníamos en este momento. Pero no podía abandonar el Infierno, dejándolo a merced de la destrucción.

-No puedo abandonar el reino sin antes frenar su ataque –Repliqué.

-Yo me haré cargo. –Dijo con firmeza Yami.

Solté su mano de mi brazo frunciendo el ceño.

-Yami, buscaré la manera de alejarlos yo sola.

La fuerza con la que hablé me asombró y desconcertó al mismo tiempo. No recordaba haber hablado con tanta seguridad en mi vida.

A cada segundo que se desvanecía en la manecilla del reloj estábamos más cerca de desvanecernos en la nada, junto a la Oscuridad. Pero no iba a perder esta batalla, y menos aún, la guerra. El trono ahora me pertenecía y no iba a permitir que fuese destruido.

La magia negra. Esa era la única forma de frenar a los seres de la Luz.

Eché a correr fuera del salón agarrando a Coraline por la muñeca y tirando de ella para que me siguiese.

-Cora, llama a Sheila y esperad delante de la puerta del gran salón. –Le ordené- ¡Y no pierdas tiempo!

Tras esas últimas palabras, dejé de sentir la muñeca de Cora y oír sus pasos detrás de mí. Coraline tenía una habilidad especial que le permitía teletransportarse en menos de un segundo. Al igual que la mía era poseer alas y volar.

Subí las escaleras causando un estrepito que se volvía mudo bajo los temblores y los gritos que envolvían el castillo. Doblé la esquina del pasillo que conducía a la habitación de Haibara y me detuve delante de la puerta.

El pánico me invadió de repente y se unió a la respiración desacompasada y a los fuertes latidos de mi corazón. Sentía como si se estuviera abriendo un hueco en el pecho, pero sin vacilar ni un instante más, giré el pomo de la puerta y la abrí lentamente.

La habitación estaba a oscuras, las cortinas negras no dejaban pasar ni el más pequeño halo de luz que había fuera del castillo a causa del ataque que estábamos recibiendo.

Noté un pequeño destello a mi lado y mi reacción fue lanzar una de mis plumas ponzoñosas hacia él con la intención de protegerme. Cuando me giré para ver que había sido ya no había nada.

Sentí un fuerte golpe en la espalda y caí al suelo soltando un quejido. Gracias a las luces del pasillo pude ver una silueta negra que se encontraba de pie delante de mí. No podía ver su rostro, simplemente lograba atisbar el granate de su cabello y su vestido corto, y blanco. Tenía claro que no era un demonio.

Oí un sonido metálico, el de una espada desenvainada. La silueta se movió con rapidez y sentí el frío del acero en mi cuello.

-¿Tú eres la que se encontró Anabella hace unos meses? –Inquirió la voz de una joven.- Si es así, no podrás cumplir las palabras que le dijiste. Tú, que tanto veneras a la muerte, recíbela ahora como a una amiga.

Sin darle tiempo a un solo movimiento, sujeté el filo de la espada y tiré de él hacia el lado derecho, me levanté con rapidez y le propiné una patada en el abdomen lanzándola fuera de la habitación y contra la pared del pasillo. Ella profirió un grito de dolor.

Ahora si podía contemplar su rostro. Era un ángel. Sus alas blancas como las de una paloma y llenas de pureza que en ese momento tenía plegadas, la delataban.

Solo pude reírme a carcajadas de su situación. Se levantó tambaleándose un poco y me miró con odio a través de sus ojos verdes y brillantes.

-¿Tú pretendías matarme? –La contemplé con soberbia- Un ingenuo ángel pensó que podía acabar con mi vida.

La simple manera de imaginármelo me hacía reír aún más.

-Un simple golpe y mírate, ya casi no puedes moverte.

-Lo que a ti te falta de bondad lo tengo yo de valor, por eso no me rendiré tan fácilmente. –Repuso ella.

Me aburrían sus palabras.

Sentí las plumas perforar la piel de mi espalda hacia el exterior, dando forma a mis alas negras. Me arranqué una y apunté al ángel con ella simulando jugar a los dardos.

-Me sorprende que nadie te haya visto entrar en el castillo. Tu imprudencia y tu valentía te costará la vida.

En el momento en que le iba a clavar la pluma una flecha rozó mi mano dejándome un pequeño rasguño en ella, y produciéndome un dolor inmediato y fuera de lo habitual para una simple arma…
La herida me ardía cada vez con más intensidad y me impedía mover la mano con soltura.

Me di la vuelta y vi a un joven de cabello rubio y tirabuzones que caían cual agua en cascada, sobre sus hombros. Sus ojos añiles resplandecían desde la oscuridad que le brindaba la habitación de Haibara. Era bajo y eso me decía que era más joven que yo.

-¡Déjala en paz, maldito cuervo! –Dictaminó el chico bajo un tono de voz firme.

Había tenido agallas para hablarme así, tan valientes eran los ángeles como estúpidos. Otorgarme ese apodo no era correcto, el nombre de “cuervo” no me hacía honor suficiente.

-¿Otro odioso ángel?

Reí y lo contemplé con desprecio.

-Et directe ad volatum vitae. –Dije.

Varias de mis plumas se desprendieron de las alas y apuntaron hacia él, este tensó la cuerda del arco que sostenía en la mano y surgió una flecha de entre un fulgor común de los seres de la Luz. Apuntó hacia mí sin temor y yo mantuve la sonrisa.

No necesitaba mi mano que ahora estaba completamente paralizada, mis palabras bastaban para atacar.

-Cor! –Prenuncié.

Las plumas arremetieron contra el chico y este se cubrió con un escudo cristalino que se formó delante de él.
Me quedé turdida y sorprendida al ver la defensa que había creado aquel chico.
Eso no podía crearlo un simple ángel, un poder como ese solo podía poseerlo un ser en un rango mucho más alto, él solo podía ser uno de los príncipes de la Luz.

-Príncipe, aléjese de ella. –Dijo el ángel que estaba tirada en el suelo detrás de mí.

Oí un pequeño zumbido que fue volviéndose mayor, hasta que la ventana de la habitación se rompió en pedazos, dejando el suelo cubierto de pequeños fragmentos de cristal.

-¡Salid de aquí! ¡Rápido! –Gritó la voz de un hombre desde fuera.

Mientras estaba absorta en mis pensamientos, el joven aprovechó para agarrarme con firmeza de la muñeca. Me miraba fijamente con furia, mientras que yo en ese momento estaba perdida. Y más aún cuando me percaté de que mi cuerpo estaba inmovilizado, por más que lo intentaba no lograba moverme, mi cuerpo no respondía, simplemente se mantenía en pie y rígido, como si de una escultura de piedra se tratase.
No podía girar la cabeza, pero oí los pasos lentos de la chica, que me miró con odio cuando pasó renqueando por delante de mí mientras rodeaba su cintura con el brazo dolorida en dirección a la ventana.
Quise gritarles, pero el extraño poder de aquel ser de la Luz me lo impedía. En la mano del chico apareció una flecha idéntica a la que había utilizado anteriormente, y la colocó bajo mi mentón.

-¿Qué se siente al matar a alguien? –Preguntó.

Él sabía que yo no le podía responder y se rió de mí. Eso aumentó mi rabia, gritaba por dentro por no poder atacarle y matarlo.
De pronto, una figura cubierta por una capa blanca entró por la ventana y se acercó a nosotros deprisa a la par que mantenía su rostro oculto bajo la capucha.

-¡Cesar, vámonos! ¡Déjala! La batalla no está saliendo como esperábamos.-Le dijo al rubio sin vacilar.

-Ahora que está indefensa no la voy a dejar viva –Replicó el que resultaba llamarse Cesar, y presionó la flecha sobre mi piel.

Sentí un ligero dolor y un instante después un hilo de sangre deslizarse por mi cuello.

-Así que tu sangre es negra, al igual que tu corazón.

Estaba equivocado. Mi sangre no era negra, sino el veneno que contenía mi cuerpo, y que corría por mis venas junto con la sangre color carmesí.

El dolor en el cuello se volvió más intenso cuando clavó más aún la flecha, quise quejarme, gritar, liberarme y arrancarle la cabeza con mis propias manos mientras su sangre bañaba el suelo de la habitación como una alfombra de color carmesí.

El sujeto que estaba a su lado, lo detuvo y apartó la flecha de mí con rapidez. Sin esperar las quejas de Cesar, me lanzó contra la pared de un empujón y arrastró hacia atrás al príncipe justo a tiempo para zafarse de una gran llamarada de fuego que entró por la puerta en dirección a nosotros.

En la puerta se encontraba mi hermana Sheila furiosa y respirando agitada. Nunca había tenido mucha paciencia, y su furia se desencadenaba fácilmente, como la pólvora ante el fuego.

-¡Largo de aquí basura!-Gritó ella.

Sheila, se posicionó para atacar y alrededor de sus manos nacieron considerables llamas de fuego, y sin vacilar ni un segundo más, las lanzó contra ellos. Cesar se cubrió el rostro con los brazos, convencido de que recibiría el ataque sin más, pero el individuo de la capa estiró su brazo hacia delante con la mano abierta y una fuerte ráfaga de viento invirtió la trayectoria del fuego.
No me preocupó lo más mínimo que el fuego fuese en dirección a Sheila, su cuerpo era ignifugo, y la temperatura de su cuerpo en aquel momento sería mucho más alta que la mía o cualquiera de los que estábamos allí. Ella recibió el fuego sin miedo, pero éste comenzó a propagarse por la habitación. Nuestros enemigos aprovecharon la ocasión y salieron por la ventana. Corrí hacia la ventana pero el fuego me obstaculizó el paso.

-¡Sheila, para el fuego¡ -Le ordené.

Ella a regañadientes, cerró su mano en un puño y las llamas se hicieron más pequeñas hasta desaparecer, pero habían dejado su rastro en el suelo y en algunos muebles, que estaban ennegrecidos.

Era demasiado tarde para ir tras ellos, habían huido. Decidí continuar con lo que tenía previsto hacer antes de que aquel ángel se entorpeciera en mi camino. Coger el cristal de mi hermana Haibara.

Me quedé a los pies de la cama, y observé meticulosamente una cajita negra que estaba encima de la almohada. La cogí, y al abrirla vi el reluciente cristal de color rosa que había pertenecido a Haibara, sujeto a una cadena de plata como la que teníamos todas.

Aunque una princesa de la Oscuridad falleciese, su cristal seguiría intacto hasta el momento en el que alguien lo destrozara y el poder se desvaneciese.
Anabella, creyó que el cristal sin su dueño ya no serviría para nada, pero podía ser de gran utilidad, el poder aún permanecía dentro y podía ayudar a mantener nuestro hogar a salvo aunque solo fuese por un tiempo.

-Sheila, ordena a Freya que busque el grimorio en la biblioteca. –Le dije.

Mi hermana echó a correr velozmente en busca de Freya, mientras yo saqué el cristal de la cajita y corrí en dirección el salón del trono.
Una vez que bajé las escaleras, Freya me alcanzó corriendo con el libro entre sus brazos, y ambas llegamos hasta enfrente de una compuerta, tan alta como el techo interior, Sheila y Cora ya estaban allí, aguardando a un lado cada una.
Estaba cerrada bajo llave, pero eso no era ningún inconveniente para mí.

-Aperi te. –Pronuncié. Mis ojos violetas centellearon y el portón se abrió lentamente. –Vamos, no perdamos más tiempo. –Les dije a mis hermanas.

Las cuatro entramos y nos dirigimos hacia los tronos. Sheila y Cora se quedaron admirando el interior de aquel salón. Pocas veces habíamos estado en él, pues desde que nuestros padres habían muerto había permanecido cerrado. Yo aunque podía entrar sin dificultad, no me tenía curiosidad por verlo. Las pocas imágenes que tenía del salón cuando era pequeña se fueron avivando con cada segundo que contemplaba el lugar. “Mientras ninguna de vosotras suba al trono y no sea nombrada reina de la Oscuridad, este lugar deberá permanecer clausurado.” Nos repetía una y otra vez Yami cuando eramos pequeñas

Conforme entramos, al frente había dos tronos negros cubiertos de terciopelo rojo en los reposabrazos y en el respaldo. Uno  era más grande que el otro, el más pequeño era el de mi padre, general del ejército oscuro compuesto mayormente por demonios. Y el más grande pertenecía a mi madre, soberana indiscutible de la Oscuridad. Ella era la que tenía la sangre de Satanás en sus venas y que adquirimos todas nosotras.

Si todo hubiese salido bien, habría cinco tronos en vez de dos, y el más grande sería el de Haibara. Pero las circunstancias habían cambiado más de lo previsto.

-La corona… -Susurró Freya con admiración.

Me giré hacia mi derecha y vi que tanto Freya como mis otras dos hermanas admiraban con ambición la corona, hecha de oro blanco y que tenía incrustados pequeños rubíes, zafiros y diamantes a su alrededor. En frente había un hueco con la forma de un rombo. Ese era el lugar donde debía poner el cristal de Haibara, puesto que era a ella a quien le pertenecía.

El suelo comenzó a temblar haciéndonos reaccionar a todas. Las paredes del castillo empezaron a resentirse y se estaban agrietando. Nuestros enemigos no perdían el tiempo. Los cristales de los ventanales estallaron con tanta fuerza que muchos de los fragmentos rasgaron y atravesaron las cortinas que los cubrían.

-¡Cora! –Le hice señas para que me diese la corona. Ella la cogió con delicadeza y la dejó en mis manos.

Yo la solté en el asiento aterciopelado del trono. Separé el cristal de Haibara de la cadena y con cuidado lo introduje en la cavidad.

-Necesito vuestros cristales, quitároslos. –Les ordené. Ellas obedecieron y me los dieron.

Los coloqué dentro de la corona. Le quité el grimorio a Freya de las manos bruscamente y empecé a buscar el hechizo necesario pasando las páginas con rapidez.
En las últimas páginas del libro encontré lo que quería, y sin malgastar más tiempo, me quité mi cristal y lo deposité junto con los de mis hermanas.
Retrocedí unos pasos y alargué el brazo derecho con la mano abierta hacia la corona. Un humo negro y denso comenzó a salir de mi mano y se desplazó hasta la corona rodeándola.

- Mata qui conatur auferre inferno, horrendum indiceretur omni aeternitate supplicii.

Los cristales comenzaron a brillar cada vez con más fuerza.

-¡Satan gloriam debeas. Auxilium custodiant regnum nostrum! –Pronuncié con fuerza.

Esbocé una sonrisa sorprendida al ver que la corona tembló por unos segundos mientras el rugido de un monstruo resonaba por todo el castillo, el rugido furioso de Satanás. Cuando lo oí me sentí completamente protegida, sin él mi familia nunca hubiese existido, el creó nuestro linaje para que terminásemos con los seres más poderosos de la Luz, le debía rendición y lealtad, aunque mi admiración hacia él era aún mayor. Hubiera matado y torturado a más humanos de los que tenía en mi lista de sacrificios solo por verlo, por tenerlo cerca de mí, como un padre.

Surgió un remolino de fuego de entre la corona, y que salió con fuerza por la ventana y arremetía contra todo enemigo. Alrededor de la corona una nube negra de humo se expandía también hacia afuera acompañado por enredaderas cubiertas de espinas afiladas. Almas procedentes del Inframundo salieron gritando fuera del castillo. A cualquier humano o ser de la Luz los sumiría en tal estado de depresión y terror, que optarían por el suicidio.
Cada uno de nuestros poderes se expandía por el reino convirtiéndose en un inmenso caos, atacando a nuestros enemigos. Pronto vimos como se retiraban habiendo perdido la batalla. Ahora podíamos estar tranquilas durante un tiempo.

-Ahora todo depende del poder de nuestros cristales –Dije observando a través de la ventana.

A pesar de que no quería, debía abandonar el Infierno y vivir en el mundo humano, al menos durante un tiempo. Por nuestra propia seguridad.

Miré a mis hermanas con tristeza y ellas me devolvieron la mirada.

-Debemos irnos… Coged vuestras cosas. –Dije.

Caminamos hacia nuestras habitaciones en silencio. Cuando entré en la mía, cogí el estuche del violín, mi preciada espada y algunos de mis vestidos. Sabía que en el mundo humano los vestidos de época ya no se llevaban, pero de todas formas los llevaría conmigo. Nadie podría prohibirme usarlos donde ningún estúpido humano me viese. En realidad, nadie podía prohibirme nada.

Oí un graznido en el balcón. Abrí la ventana y Suimei entró volando y se posó en mi hombro. Era un precioso cuervo, sus plumas negras brillaban como las de ningún otro. Era mi gran compañía, vivía conmigo desde que yo era pequeña y siempre permanecía cerca de mí como un guardaespaldas.

-Tú vendrás conmigo, pequeña. Seguro que necesito tu ayuda. –Le dije silenciosa.

Siempre conseguía calmarme de alguna manera, no era un cuervo común, si lo hubiese sido no podría soportar vivir en el Infierno. A través de sus ojos lograba comunicarse conmigo, y siempre hacia los trabajos más aburridos, como seguir a los humanos e informarme para que yo llevara mis planes a cabo.

Pocas veces había salido del Infierno para ir a la Tierra, solo cuando me aburría me dedicaba a corromper las almas de los humanos y asegurarme de que su destino después de la vida fuese el Inframundo.

Suimei salió por la puerta en dirección a la puerta del castillo y yo la seguí. Cuando llegué, las demás estaban esperando allí con todas sus cosas junto con Yami.

-Permaneced allí todo el tiempo que sea necesario, yo estaré a cargo del castillo. –Dijo ella con orgullo.
¿Qué más podía pedir ella? Vivir en nuestro castillo ella sola le subiría su ego de demonio aún más.

Sheila alzó una de sus cejas hacia ella y gruñó. Mi hermana era la más posesiva, y no le alegraba dejar en su lugar a un simple demonio. Yo también estaba de acuerdo con ella, pero no había otra alternativa.

-Buscad a Daylan Cardew. Es un demonio que sabe arreglárselas perfectamente, y no podrá negarse a ayudar a las princesas de la Oscuridad. –Nos aconsejó Yami.

-Está bien. –Respondí asintiendo.- Por cierto, si le sucede algo malo al castillo, tú serás la culpable, y sabes el castigo que se te puede infligir. –Advertí.

Ella se puso rígida y asintió.

Di un paso atrás y respiré hondo. Había llegado el momento de despedirme de mi hogar.
En tan solo unos segundos, una niebla negra y densa me cubrió por completo, solo veía oscuridad. Un golpe brusco en la planta de mis pies me hizo saber que había llegado a mi destino. La oscuridad se fue disipando hasta que pude ver el callejón donde me encontraba, estaba sucio y apestaba.

A mi lado surgió una llama desde el suelo que fue creciendo hasta que una silueta negra apareció en su interior, sin duda era Sheila. Freya y Cora aparecieron doblando la esquina un instante después. Cora se sacudió la ropa.

-Vaya porquería de lugar…. –Dijo Sheila asqueada.

La miré y me reí de ella. Sheila frunció el ceño al verme y yo hice un gesto con la mano para que lo olvidara.

Iba a ser duro para todas vivir aquí, pero en especial para ellas. Nunca habían pisado la Tierra antes.

-¿Y bien? ¿Qué hacemos ahora? –Inquirió Freya cruzándose de brazos y haciendo una mueca.

-Desde luego no nos vamos a quedar aquí, al menos yo. –Repuso Coraline frunciendo los labios.

-Tomemos un té antes de buscar a ese demonio. –Comenté.

-¿Más té? –Replicó Sheila.

-Si quieres empieza tu búsqueda sola. –Le recomendé irónicamente a la par que sonreía  con arrogancia.

Ella tensó la mandíbula y apretó los puños.
Yo simplemente la ignoré y salí del callejón.
Aún quedaba mucho que hacer, pero por el momento teníamos tiempo suficiente.

-Si te comportas te dejaré matar algo. –Le dije a Sheila.

Mi hermana pareció conforme, pero Cora chasqueó la lengua discrepante. Ella también quería participar en su hobbie preferido.

1 comentario:

  1. está muy bien la verdad escribes que da gusto todo se entiende a la perfección y está muy bien estructurado y explicado sigue así lo haces genial ^^

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